No ha sido tan sólo una vez en la que he caído en la trampa de “aconsejar a alguien”. Una trampa que me ha llegado a parecer inevitable, ¡sobre todo cuando lo que me han contado ha sido parecido a lo que ya me había sucedido a mí!. Empatizar con las personas genera sus propios riesgos y, (como cualquier riesgo que se precie), es algo que ¡debo de asumir!.
Estoy tratando de morderme la lengua antes de hablar por hablar, antes de indicar soluciones y antes de recomendar (en lugar de ¡expresar mi más sincera opinión sin llegar a ofender!). ¿Por qué?, porque he comprobado que (aunque actúe con mis mejores intenciones) para mí mis propios remedios no son igual de útiles como para fulanito, ni como para menganito, ni como para ti. (Que me favorezca a mí el pelo a lo garçon no quiere decir que si una amiga se corta la melena se va a ver guapa, ¡tanto como yo!).¡Me gusta desahogarme! y ¡me gusta que se desahoguen conmigo!. Considero que nadie debería de encerrarse en sí mismo y que los problemas se tornan más pequeñitos en el momento en el que los cuentas (¡aviso!, si los dejas dentro ¡son capaces de asfixiarte por el método de la expansión!); pero, al igual que no se soluciona nada guardando silencio, ¡tampoco se arreglan las cosas continuando por caminos forasteros a los que debes de tomar! (serán los más sencillos, pero ¡no son los más preferibles!, ¡que conste!. Sé que es más fácil coger las tijeras radicalmente que ¡aprender a ondular con gracia un largo cabello!).
Este asunto de “consejera jubilada” se me ha venido a la cabeza por el motivo de que ¡estoy cansada de la desenvoltura con la que solemos dirigirnos los unos a los otros cuando escuchamos problemas ajenos!: “Tú lo que debes de hacer es…: ¡lo que yo te diga!”. Da igual que sea referente a un tema laboral, sentimental, personal e incluso de simple apariencia (como el hipotético caso de la pelambrera que manifiesto). ¡Las personas poseemos una habilidad increíble para responder de inmediato con un milagroso consejo si alguien nos hace referencia a sus disgustos! (¿yo?, ¡la primera!) y este espontáneo acto (de buena fe, ¡no lo dudo!) no suele servir de ayuda para ninguna de las dos partes: Ni para el consejero, ni para el aconsejado (si se deja llevar únicamente por el consejo).En el puesto del consejero no sienta muy bien que alguien nos exclame con cierto desagrado: “¿Para qué te habré hecho caso?”… ¡A mí me ha sucedido esta anécdota que comento! y, ¡claro!, después de haber estado yo cierto tiempo escuchando las calamidades de esa persona, después de haberle aconsejado yo con la mejor de mis voluntades, después de que estallara esa fatídica frase ¡solamente se me ocurría pensar en que yo no me merecía recibir esas duras palabras!: “¿Cómo es posible que me responda de esta manera con las horas que le he dedicado?, ¡si tan sólo pretendía echarle una mano!, ¿por qué me señala como culpable de que las cosas “le” hayan salido mal?”… (Subrayo ese “le”).
Poniéndome en el sitio del aconsejado, si hago caso estricto de los consejos que me dan, primero ¡yo soy la responsable de haber tomado esta decisión! (¡nadie más que yo!), por lo tanto ¡no tengo derecho a señalar con el dedo a otra persona porque los remedios que he aceptado no hayan resultado como era de esperar!... Y, lo más importante, tanto como en este fatal desenlace como en el caso de que la historia tenga un agradable final, ¡resulta que me quedo incapacitada para razonar sobre las posibles salidas de mis propios laberintos!; si he seguido a ciegas los itinerarios que me han sugerido otros ¡no puedo ver más allá de esas distintas rutas pues me estoy negando el permiso para reflexionar!. Soy yo la que debe de disponer lo que debo o no debo de hacer. Eres tú quien debe de disponer lo que debes o no debes de hacer… en cada circunstancia.Como he comentado renglones más arriba, ¡me gusta desahogarme y me gusta que se desahoguen conmigo!, pero he tomado la determinación de “no aceptar consejos”… como también he determinado que yo intentaré “no aconsejar” (acto un tanto complicado, ¡lo reconozco!, todavía no sé si estoy verdaderamente preparada para no ofrecer soluciones instantáneas si me confiesan un problema. Por lo menos, sé que en otros aspectos de mi Vida ¡me sobra la paciencia!).
Así que, si alguien desea “aconsejarme” que ¡no se vaya de mi lado si es a causa de que reniego de su maravillosa disposición!; prefiero mejor que piense que con este gesto mío (aclaro que de desprecio tan sólo en apariencia) le estoy sencillamente quitando responsabilidades de encima (cada quien tiene suficientes con las que les pertenece como para tomar otras obligaciones prestadas, por lo menos ¡este es mi parecer!).
Prefiero que los demás me apoyen para que sea yo misma la que recapacite sobre los qué es mejor. Prefiero que los demás me estimulen para que sea yo misma la que encuentre mis recursos. Prefiero que los demás me dejen espacio para que sea yo misma la que para bien o mal ¡decida!.Sé que, en bastantes ocasiones, mi personal forma de expresarme puede llegar a confundir (no sería la primera vez); por lo tanto, para que no se malinterpreten estas letras mías, muestro este proverbio a modo de reflexivo resumen: “Dame un jersey y me abrigaré hoy… enséñame a tejer y me abrigaré siempre”.
… Y como el acto de aconsejar va fuertemente unido a la buena voluntad, he aquí que caigo en la tentación de ejercer de oportuna consejera afirmando que:
“El mejor consejo es… eludir cualquier otro consejo que no sea este”.
Ernesto: Cuando llegas a un límite casi extremo es cuando verdaderamente te das cuenta de la gran fortaleza que posees; sé que seguiré adelante ¿de qué forma? ¡no lo sé! pero ¡seguiré!. (Conocer que te valoran y que te aprecian, como lo haces tú, es añadir más energía vital a esa fuerza interior).
Gata Coqueta: Miro cada noche hacia las estrellas… y cada día ¡miro hacia el sol!. Es la forma más natural de sentirse millonaria en el banco de las sonrisas.
Lapislazuli: Sé que hay personas que me leen que son “sedentarias por obligación”; son ellas las que también me enseñan que mi trabajo no es trabajo porque la gimnasia también se ejerce con la cabeza y aún más con el corazón.
Estherquerida: Los euros no me van a venir nada mal si aparecen… y si no aparecen, con las satisfacciones que he recibido hasta hoy ¡me siento por bien pagada!. Es buenísima Cecelia ¿verdad?, una de las cosas que más me ha sorprendido de ella es que es muy joven de edad.
José Ramón: Siéntete bienvenido. He paseado ligeramente por tu blog, ¡eres un autor fantástico! y te lo dice alguien a quien le gusta ese tipo de frases cortas que te hacen reflexionar y a las que suelo recurrir.
Andylonso: Contagiándonos de optimismo, de alegría y de ganas ¡es como mejor nos recargamos mutuamente las pilas!. Respecto a tus “piropos” te respondo con una frase de Picasso: “La inspiración existe, pero tiene que encontrarte trabajando”… así que ¡”trabajemos codo con codo”!.
A tod@s y a cada un@ de vosotr@s un abrazo y ¡gracias por estar ahí!.
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5 comentarios:
Me detengo ante tu puerta una y una vez más y te digo: feliz domingo para ti y para todos los que te rodean acercándote la ilusión de vida…
La que nunca te olvida y te lleva en el interior del sentimiento…
Tu amiga María del Carmen
(Gracias amiga por tener siempre el detalle de tenerme presente,eres extraordinaria!!
En cuanto a aconsejar; no aconsejo, no por ganas a veces pero lo evito para no ser aconsejada...)
Decidimante hare un esfuerzo enorme para tambien jubilarme de consejera, cosa que creo que costara mas que ponerme a dieta.
Gracias por compartir tus relfexiones, una nueva seguidora
Hechi
Una excelente reflexión sobre los consejos, sin duda.
A veces, tenemos tantas ganas de ayudar a la angustiada persona, viéndola debatirse entre furia, tristeza, desolación, que creemos tener la palabra justa que necesita escuchar, el sabio consejo que necesita oír, simplemente por el hecho de sentirnos que la estamos ayudando. Y ¡tantas veces podemos equivocarnos!.
Ahora bien, hay una cosa muy importante en tu reflexión. A mí alguien puede darme un consejo, pero soy yo quien decido si lo sigo o no; me parecería totalmente injusto culpar a quien me lo dió si los resultados de hacerle caso, no son lo que yo espero; pues doy por hecho que la persona que tuvo a bien dármelo, tal como tú dices, lo hace de buena voluntad y yo soy la única responsable de mis actos. He de tener la suficiente madurez para saber si hago caso o no, o sólo un poquito.
Yo no tengo pensado alejarme de tí porque no me des consejos, nada más lejos de mi imaginación. Aún sin consejos sabes que eres una guía excelente en mi camino, simplemente enseñándome a través de tus relatos vitales.
Un beso muy fuerte amiga.
P.D. Pero tú no te enfades si algún día, presa de el stress, te pido alguno jajajajaj.
Estoy totalmente de acuerdo contigo. Yo soy de las que, por ayudar, por querer compartir carga, he intentado dar mi opinión con formato "consejo", y también me han dado "zas en toda la boca".
Cuando le cuento algo importante a una amiga, sólo quiero que me escuche, no quiero soluciones milagrosas, el milagro está en ofrecer un hombro sobre el que llorar, o un simple pañuelo para limpiarme las lágrimas...o que coño, los mocos.
Un besote enorme.
Creo que a menudo, cuando las cosas se nos tuercen, tendemos a hablar de ellas. En ocasiones, sólo por verlas más claras o incluso, "aprovecharnos" de otro punto de vista, el de la persona a la que le damos la vara con nuestras cosas. Pero también es cierto que hay quien tiene un problema o un asunto que resolver, acude a ti, le echas una mano o intentas ayudarle y luego te echa en cara si las cosas no salen como quiere. Lo curioso es que estas personas no son conscientes de que los que metieron la pata, desde el principio, fueron ellos y que tú no tienes la culpa de eso, que a fin de cuentas sólo has itentando ayudarles a arreglar su desaguisado. O facilitarles las cosas. Al final, te cansas y con cierto dolor, les das un poco la espalda. Dices "que se apañen" porque lejos de agradecer tu ayuda que pudo funcionar o no, sólo saben quejarse de todo y por todo y si además pueden echarle la culpa de sus propios desastres a otr@ (en este caso a ti) mejor que mejor.
En fin, mi querida Velve, que te entiendo, que al final hay que optar por jubilarse como consejera y así llevarse unos disgustos de menos...
Besitos
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