17 noviembre 2011

Conversaciones desde la cama.


Un gran ventanal presidía la modesta habitación. A través de sus nítidos cristales se divisaba una completa panorámica de la tranquila ciudad, fundiéndose en el horizonte la inmensidad del mar con la grandeza del cielo. Bajo sus pies: viviendas, tiendas, calles, avenidas, plazas…  custodiadas todas ellas por unos invisibles habitantes que, dado el visual ajetreo, se encontraban bastante presentes.
- ¡Qué bien situado se encuentra este edificio!, ¿no crees?.
- ¡No lo sé!, aún no he mirado por la ventana.


Una pregunta y una respuesta surgidas de entre dos mujeres. Dos mujeres que eran transitorias e involuntarias huéspedes del mismo cuarto. Un cuarto austero, teñido de un pulcro color blanco, decorado con lo indispensable: dos camas, dos cómodas, dos sillones… Dos, el mismo de muebles que de personas asistentes; dos, una disimulada invitación para no dar cabida a más visitas.

Ring, ring, riiing… El teléfono, colocado estratégicamente en la pared, comenzó a sonar con una estrepitosa insistencia rompiendo la permanente quietud.
- ¿Quién es?... Estoy mejor… No, aún no se ha pasado por aquí… No sé cuándo me iré… Estoy acostada en la cama… Cuelgo.
Ella colgó al auricular un tanto turbada, pero dejándolo apoyado sobre la mesita que le correspondía y no enganchado al lugar apropiado para ello. “¡No vaya a ser que me vuelvan a llamar!”, pensó en silencio muy segura de que acertaría en la predicción de su planteamiento.
- ¿Por qué has dado el número de la habitación?... le censuró su compañera de cuarto.
- Porque mi familia quiere saber de mí.
- ¡Pero es que aquí has venido a cuidarte, a reposar y a olvidarte del mundo!. Si el teléfono no deja de sonar y tú no dejas de descolgarlo, explícame entonces ¿cómo vas a conseguirlo?. Además, ¡a mí también me molesta porque estoy a tu lado!, ¿es que no te das cuenta?. Te telefonean cada dos por tres y ¡tú siempre respondes lo mismo!.
- ¡Ya!, ¡ya!... ya sé que llevas razón, pero es algo que ¡no puedo evitar!.
- ¡Sí puedes evitarlo!...  lo que te pasa es que ¡no te atreves! (terminó reclamando la enojada compañera mientras se tumbaba ella también sobre su propia cama, se perdía entre las limpias sabanas y se colocaba, a modo de aislante,  la almohada sobre su cabeza).

Las dos mujeres guardaban una historia similar. Ambas habían alcanzado la edad justa de la jubilación, ese momento crucial que algunas personas esperan con ansiedad para dedicarse a hacer lo que toda una Vida han deseado realizar y que, sin embargo, ¡ jamás han cumplido!. La una y la otra eran madres, habían sido esposas y conocían de sobra las huellas que dejan en el alma el apresurado transcurrir del tiempo.
Se mantuvieron calladas, inmóviles, casi como si no estuvieran en ese pequeño espacio compartido. Cada una de ellas en su lecho, dormitando bien arropadas, y la una dando las espaldas a la otra ¡no fuera a ser que un descuidado ojo abierto facilitase que sus miradas se cruzaran!.

Tocaron suavemente a la puerta. Toc-toc.
- ¿Se puede?... ¡ha llegado el almuerzo!.
Las uniformadas empleadas que se dedicaban a estos menesteres,  entraron servicialmente a la estancia colocando las calientes bandejas a disposición de estas peculiares comensales.
- ¡Uf!, ¡sopa de verduras, pescado a la plancha y manzana asada!. Se me han quitado las ganas de comer con tan sólo ver este repertorio.
- ¡Es lo que hoy nos toca comer!, y me han dicho que es la especialidad de este sitio... ¡Eso sí!, si me lo llegas a decir antes, ¡le hubiese dicho a la camarera que nos hubiera dado a elegir en otra carta de más tenedores! jajaja…
Comieron porque era la hora de comer. La una haciendo ascos, retirando a un lado lo que no le apetecía y dejando el interior de los platos casi como los había recibido. La otra masticando despacio,  como si cada trozo fuese un suculento manjar con el que disfrutaba su boca, no dejando para sobras ni las migas del  bollo de pan.

- ¿Vienes mucho por aquí?... he notado que tienes confianza con el personal.
- La verdad es que sí. Estas paredes son mi segunda casa. A veces tardo algunos meses en regresar, otras veces no llego ni a dos semanas… depende de mis necesidades.
- ¿Y no te aburre estar siempre lo mismo?.
- ¿Aburrirme yo? jajaja…  ¡¡¡si siempre encuentro algo que me gusta y con lo que los días se me hacen más amenos!!!. Espera, espera… mira lo que te voy a enseñar.
Se levantó presurosa, descubriendo una energía que parecía inexistente, sacando de un cajón un primoroso albúm donde recopilaba algunos de sus tesoros.
- ¿Ves qué bonito es lo que hago en cuanto me es posible?...
… Y le mostró a su compañera fotografías de unas manualidades hechas con el corazón más que con las manos: Artesanales muñecas engalanadas de fiesta, bellas flores creadas de papel, objetos cotidianos cuyo colorido los donaba de vida propia…
- ¿Todo esto lo has hecho tú?.
- ¡Siií!, y muchas cosas más que aún no he fotografiado ¿a que todo es una maravilla?.
- ¡Sip!... ¡pero es que yo no tengo tiempo para dedicarlo a eso!.
- Pero ¿no me has dicho que vives sola como yo?, ¿cómo que no tienes tiempo para emplearlo en lo que te dé la gana?.
- Porque ¡ya sabes!. Limpiar la casa, ir a la compra, hacer la comida, lavar la ropa… ¡la familia!.
- ¡Ya te vale!. Pues yo también limpio la casa, voy a la compra, hago la comida, lavo la ropa, estoy pendiente de mi familia… ¡ah!, y también tengo un perro, un gato y ¡tantas macetas como para inaugurar mi propio jardín botánico!. ¡No me digas que no tienes tiempo!, dispones del mismo tiempo del que dispongo  yo, lo que sucede ¡es que tú lo estás malgastando y no te enteras!.
- Pero es que tu salud seguro que es mejor que la mía…

Antes de responder a esta mujer que ya comenzaba a considerar como amiga, quien aparentaba estar sana por los cuatro costados,  se quitó con cuidado la celeste blusa que la vestía. No le hicieron falta palabras para exponer su réplica. Las cicatrices de su pecho, los moratones de sus brazos, la flacidez de su piel hablaron desde un respetuoso silencio.

Yo me encontraba con ellas, compartiendo esta escena en la que no quise intervenir más de lo necesario. Me había sentado en un rincón con el libro de turno haciendo que leía pero sin llegar a leer; cerrando los ojos de vez en cuando para no ver nada, pero aún así dándome cuenta de todo.  Escuchando atentamente cada una de sus opiniones,  sin sentir que mi presencia les fuera de estorbo…

Una de las protagonistas de esta historia que hoy comento es mi madre. La que no puede ser feliz porque es viuda, porque se encuentra enferma, porque no llega a fin de mes… porque no ha aprendido aún a valorarse.
La otra heroína del asunto se llama Bella, ¡sí!, no es un apodo que me invento, es su nombre propio. Bella,  Bella Pérez. La que puede ser feliz aunque sea viuda, aunque se encuentre enferma, aunque no llegue a fin de mes… porque sabe que ser feliz depende tan sólo de ella, de nadie más que de ella misma. Porque sabe que todo cuanto nos rodea cambia constantemente: las situaciones,  los cuerpos, las riquezas… Porque, como me dijo Bella, la Vida es como montarse en bicicleta, ¡te caes sin remedio cuando dejas de pedalear!.

Ni mi madre ni Bella han disfrutado de una hermosa estancia en la habitación de un balneario, como he podido dar a entender en las primeras líneas. Ambas han estado hospitalizadas por razones muy diferentes, pero por una misma causa: ¡el empeño de sanar sus maltrechos cuerpos!. La una y la otra se han encontrado en el lugar adecuado y en el momento perfecto, porque gracias a Bella ¡mi madre ha comenzado a abrir los ojos hacia una realidad en la que está procurando dejar de intentar arreglar la vida de los demás, en la que una desconocida le ha hecho meditar sobre detalles que mantenía apartados, en la que prefiere mantener callados sus dolores aunque sepa que irán creciendo con el paso de los años, en la que se detiene a escuchar, en la que (¡por fin!) ha reconocido que llevaba un camino equivocado!...

No sé qué sucederá mañana con estas sensaciones recién nacidas dentro de esta habitación de hospital. Lo que sé es que hoy los ojos de mi madre muestran un brillo diferente, un brillo que no recuerdo la última vez en la que lo contemplé, un brillo que me ha invitado a escribir estas líneas que estaba deseando transmitir…  porque experiencias como esta (y seres humanos como Bella), en esta Vida ¡son de lo que vale la pena conocer!. ¿Cómo no sentirme FELIZ ante ello?.

Un abrazo para tod@s y para cada un@ de vosotr@s, sin dejar de pedalear.


5 comentarios:

Ernesto. dijo...

Otro abrazo también para ti amiga mía, y para Bella, y para esa mujer que vuelve a abrir sus ojos a la realidad de la vida, a su manera y medida sí...

Me alegro por ello Velve y sobre todo por tu alegría.

Trébol dijo...

Bonito y entrañable visión de la vida!! sin duda enhorabuena!! pedalear, y pedalear a si es la vida
un abrazo!

mirandoelmar55 dijo...

Velve,eso pasa muchas veces,las personas no nos damos cuenta de las cosas,y no es tan difil,solo es dejarse llevar un poco y saber decir no,algunas veces,es difil,por que en la vida pasamos muchas situciones,y no sabemos como reaccionaremos,hay que vivir las cosas,pero me alegro mucho de que,le brillen los ojos a tu madre,eso es que ve las cosas de difernte modo.
Un abrazo y un beso.

menchu_

Anónimo dijo...

Me quedo alucinada con tu relato, porque sé que es muy importante para ti ver ese brillo en los ojos de tu madre. Y alucinada porque tu madre ha necesitado muuuchos años para ver la Vida desde otro punto de vista, y espero que así siga siendo para siempre y le beneficie totalmente.
Ya ves, tu misma toda tu Vida luchando por hacérsela ver así y de repente...llega una "luz" en el camino de la madurez de tu madre que le hace ver distinto todo.

Espero que la hospitalización no sea por nada importante.

¡¡Yo tengo tantas, tantísimas cosas que hacer en mi Vida!! y ahora en mi madurez y jubilación, más todavía, tantas, que me faltan horas en el dia, y mira a que hora de la noche me he acordado de ti y te he visitado.

Te deseo lo mejor, lo sabes...

Un abrazo nocturno enorme de enhorabuena, porque la Vida y los seres humanos nunca sabemos por donde van a "tirar"...

BRAVISSIMA

Anónimo dijo...

Leyéndote más tranquilamente, en esta entrada y en las anteriores, veo que tu afán de superación interior, y de sentimientos en general en encomiable. Siempre tratas de luchar contra la adversidad y eso es lo mejor que nos puede pasar a los seres humanos, aunque no podamos muchas veces. Si tu lo vas consiguiendo...¡¡enhorabuena!!, yo, como ya he dicho en alguna ocasión, en mi madurez todavía me pierden los sentimientos y los impulsos. ¡¡No he conseguido dominarlos!!

Respecto a la entrada anterior que me dices que no hay TRISTEZA en tu escrito o en tus palabras, yo sabía que eran escritas en memoria de tu padre, y lógicamente ahí quería ver un poco de tristeza (sería lógico).
Recuerdo perfectamente que falleció unos días antes de que nos viésemos en tu tierra el año pasado. Si no me equivoco sería a finales de septiembre o primeros de Octubre. Por eso te dije que detectaba TRISTEZA, porque lógicamente toda muerte, y más si no es esperada, sorprende como poco. En lo demás, se que eres fuerte y la NOSTALGIA la dejas a un lado,y... ¡¡ya eres más afortunada que yo!!, te repito, pues no consigo en mi Vida diaria desprenderme de mi "NOSTALGIA PARTICULAR", por supuesto referente a mi familia, la actual, y LA QUE SE FUE ...lo demás voy poco a poco pasándomelo por encima del hombro y de todo lo que suponga SALTAR, pero no puedo reprimir mis impulsos de luchar "contra toda causa que se me presente".

Un abrazo...¡¡hoy diurno!!...ves como intento ir cambiando mi madurez, jeje. Por algo he de empezar...

BRAVISSIMA