16 febrero 2012

Dormitando, simplemente, dormitando.



Ayer, tuve el total descaro de tomarme la tarde “libre”. Debieron de ser mis ojeras las que me alentaron a acceder hacia este paréntesis sin excusas, pues reconozco que de lo dilatadas que las conservo ¡un día de estos me van a avisar sin remedio de que ya sienten lo demasiado frío que está este invernal suelo!.
De vez en cuando, ¡me merezco una voluntaria parada!. Me he dado cuenta de que nadie es imprescindible en este mundo nuestro, ni tampoco lo es en su trabajo, ni en su familia, ni en su personal entorno… Declaro con mi “atrevida” actitud que ¡no me gustaría que el inoportuno agotamiento fuese el que me obligase a detenerme! e indudablemente,  en el caso de que la insistente fatiga me inmovilizara,  ¡sería bajo la influencia de ser yo la que está agotando sus propios límites!. Es decir que, (para no superar mis topes), ¡ me he regalado un justo descanso!; un descanso de algunas horas ¡lo sé!, pero ¡es un descanso al fin y al cabo!. (¿No dice la sabiduría popular que “más vale prevenir que lamentar”).

No es que descanse insuficientemente ¡al contrario!, asiento que cumplo cada día con unas recomendables horas para conseguir un reparador sueño (sino, ¡no habría aguantado con los ojos abiertos hasta escribir esto!); aunque, ¡eso sí!, tengo el hábito de que por las noches ¡soy incapaz de irme a la cama nada más vestirme con un cómodo pijama!¿?.  Antes debo de cumplir con un ritual bastante particular, ¡lo reconozco!, pues ¡ me gusta quedarme literalmente rendida en el sofá, acurrucada sobre unos cuantos cojines, tapadita hasta los ojos por una agradable manta!… Dormitando, simplemente, dormitando.

Si mi marido o mi hija, (¿cómo no?, contemplándome perplejos ante ese soñoliento estado que suelo protagonizar casi a diario), me preguntan: “Pero… ¿por qué no te vas a dormir directamente a la cama?”. Entonces mi respuesta es simple: “Porque yo no estoy durmiendo, ¡estoy descansando!”… Y es que ¡me sienta tan bien ser capaz de relajarme antes de marcharme inmediatamente a ese pleno abandono entre los brazos de Morfeo!.

Este sencillo gesto nocturno ¡me reconforta!. Descanso porque estoy disfrutando de un momento que para mí es placentero, de un momento en el que comienza a invadirme la calma, de un momento donde todavía ¡puedo prestar atención a todo cuanto me rodea!(los murmullos, los olores… ¡mi respiración!.). Es una dulce combinación de vigilia y de sueño, ¡nada más que eso!... Y, si no llevase a cabo este menester (pues creo que cualquier persona posee  sus respectivas costumbres nocturnas, ¿no es este hecho cierto?), sé que tooodas las tensiones  acumuladas durante la jornada ¡se esconderían pícaramente bajo la almohada al acecho de mi desvelo!.

También reconozco abiertamente que para que mis ojeras se alivien un poco más (y por la cariñosa recomendación de una amiga, a ella: ¡Gracias!) he probado a alargar mis horas de modorra mañanera para darle un poquito más de margen a mi descanso;  ¿cómo? pues ¡intentando levantarme más tarde de la cama los sábados, los domingos o los festivos!… Pero, aunque he puesto bastante empeño en ello,  ha resultado ¡¡¡una misión imposible de finalizar con resultados positivos!!!, aún menos cuando soy una madrugadora nata por naturaleza (este simple dato, ¡debo de añadirlo!) . O, mejor dicho,  soy una madrugadora nata porque mis obligaciones, a lo largo de los años, me han acostumbrado a que sea de esta forma tan tempranera.

Es decir, que todas  las mañanas, (salvo en esporádicas excepciones) mis ojos se abren alrededor del amanecer; independientemente de que me haya acostado de madrugada en la noche anterior, de que mi cuerpo aún no se haya recuperado lo suficiente o de que mis ganas por continuar plácidamente abrazada a la almohada (o a mi amado, ¡todo hay que decirlo!) se empeñen en asomar.

Entonces, si no me encuentro todo lo bien que deseo en esos precisos instantes porque no he descansado lo suficiente, ¡sé que es la puñetera ansiedad la que me grita al oído para despertarme!: “¡Hey!, rapidito, ¡fuera de las sabanas ipso facto! que ¡tienes por delante un día bastante largo y muchísimas cosas por hacer!”. Si, por el contrario, me encuentro en perfectas condiciones (físicas y mentales) porque he dormido a pierna suelta, ¡es la bendita Alegría la que me impulsa a poner los pies en el suelo sin demora!: “¡Oye!,  ¿a qué esperas?, ¡el sol está comenzando a lucir!, ¡tienes que ver lo bonito que está el cielo!, seguro que te apetece salir a dar un  grato paseo ”... De esta forma, como he dicho, ¡me resulta inútil permanecer más tiempo (del  por mí “establecido”) acostada sobre mi mullido catre!. Pero lo que se dice descansar, ¡descansar!,  prometo que ¡¡¡descanso!!!.
Ahora, con absoluta sinceridad, aseguro que el origen de esta entrada no ha sido describir risueñamente mis prácticas para un merecido descanso diario, más bien pretendo expresar de algún modo que ¡me siento contenta por haberme tomado libre la tarde de ayer!. Independientemente del agotamiento físico que conlleva este vertiginoso ritmo de Vida que “nos han impuesto”,  ¡me siento satisfecha de haber parado porque  deseé que así fuese en ese preciso instante!.

Recuerdo que antes era de esas personas que solían replicar bastante a menudo: “cuando acabe con esto,  me tranquilizo y reposo un ratito”… y, lógicamente, ese ansiado sosiego tardaba demasiado tiempo en presentarse porque yo esperaba finalizar  tooodas las tareas pendientes no recapacitando sobre que, (si insisto), ¡¡¡ siempre puedo encontrar muchísimas más cosas por hacer!!!.

No me importan las horas que en las que yo me regalo una tregua, muchas o pocas, ¡me da igual cuántas sean si yo me siento bien con estos propios recreos!. Me gusta ser yo la que decida cuándo bajar la velocidad a mis días, cuándo dedicarme a no hacer nada, cuándo poder libremente¡¡¡descansar!!!. Dormitando, simplemente, dormitando.

Despertando un abrazo para tod@s  y para cada un@ de vosotr@s






P.D. Menchu, Maria del Carmen ¡gracias en particular por vuestros comentarios!

10 febrero 2012

"Sin Cobertura"

¡Qué caprichosa es en ocasiones esta Vida nuestra!. Sé que cada quién es un ser único, por lo tanto, ¡todos somos diferentes a quienes nos rodean!; pero, (aún conociendo este singular hecho),  me produce cierta curiosidad  la particular forma con la que mostramos nuestras propias “diferencias”.


Estas letras de preámbulo vienen a consecuencia, cómo no, de una anécdota que presencié ayer por la tarde. ¡La cuento!: Me encontraba participando en una de las beneficiosas clases en la escuela de espaldas  a donde me esfuerzo por acudir sin excusas (¿quién mejor que yo misma para aprender a “cuidarme”?)…  Música apacible, en concreto la banda sonora de la película El Pianista. Luz tenue, adornada con unas cuantas velas colocadas discretamente en las esquinas. Calidez en el ambiente por la alfombra que pisaban mis pies, por la respiración reposada con la que procuraba acompañar cada ejercicio, por ese dejarme llevar de mi propio cuerpo sin detenerme en el espejo para mirar de reojo si a mis compañeros les invadía la misma parsimonia que a mí.
Y de repente, ¡algo impensado en la relajante escena que describo!, ¡¡¡un espontáneo móvil comenzó a sonar!!! y, (¡para colmo de la imprevista situación!), en vez de hacerlo con un sutil “riiin” lo hizo con un estrepitoso ¡¡¡turututuuú!!!... destrozando, lógicamente, cualquier atisbo de la calma mantenida hasta ese preciso instante.

La molestia, el enfado o el fastidio que me invadió en el segundo cero de producirse el dichoso toque telefónico ¡no fue tan sólo por este desagradable hecho!  (¿cómo iba a saber quién marcó el puñetero número que iba a molestar tanto con este cotidiano gesto?)… Me enojé más porque la persona a la que iba dirigida el sorpresivo ¡¡¡turututuuú!! abandonó sin miramientos su correspondiente sitio para contestar de inmediato a esta llamada que pretendo escenificar sin otros sobresaltos.
No entro en más detalles pues se detallan por sí solos, prefiero mejor detenerme ante mis “alteradas” cavilaciones.

Digo, (al principio de esta entrada), que me produce cierta curiosidad  la particular forma con la que mostramos nuestras propias “diferencias”. ¿Por qué?, porque (entre otras diversas cosillas cotidianas que hoy omito) hay personas que, como yo,  intentamos poner a nuestros pensamientos en un deseado reposo en ciertas circunstancias, intentamos que nuestra cabecita se sienta un poquito más tranquila porque merece un descanso, intentamos disfrutar sencillamente de esos benditos instantes que suelen ser bastantes escasos… mientras,  por otro lado, ¡existen quienes consideran todo lo contrario a lo que yo estoy eligiendo!, (dato ¡razonable!), ¡eso sí!, soliendo incordiar con sus acciones a sus semejantes (sé que no es problema de ellos que yo me irrite por ello ¡que conste!).

Reconozco abiertamente que no me gusta esta clase de “disparidad”. La soporto con discreción porque mi educación así me lo pide, pero ¿dónde se encuentran los buenos modales cuando no tienes la delicadeza de apagar un móvil antes de un trance en el que sabes de antemano que prevalece el silencio?, ¿cómo se respeta a quienes tienes cerca si tu propio interior  es el que no cesa de hacer ruido?, ¿de qué manera se percibe el minuto presente si lo interfieres a la primera oportunidad?... (Y aquí abro un paréntesis relativo a mi anterior entrada. En ella agradezco que las nuevas tecnologías nos acerquen los unos a los otros, pero algunas veces he tenido la sensación de que no es del todo cierto: ¿De verdad “está conmigo” una persona con la que mantengo una amena conversación frente a frente, si mientras tanto ella contesta vía sms´s a alguien que no se encuentra “presente”?...  Me parece que la respuesta es un ¡no! rotundo; bajo mi sincero parecer,  considero que a mí me deja a más kilómetros de distancia que de ese alguien con el que intercambia unos mensajes intermitentes. ¡Ays!, si leyera estas líneas un adolescente supongo que me diría de inmediato que esta opinión mía ¡es debida simplemente a los achaques por la cuestión de mi edad, ¡uf!, ¡no puedo evitar sonrojarme ante semejante ocurrencia!).

Ahora, mirando desde otra perspectiva la misma anécdota, me hace hasta gracia (incluso podría decir que llego a “envidiar”)  la total “tranquilidad” de esa persona que interrumpió el relax de toda una clase por contestar sin reparos a una llamada de teléfono, ¡yo soy incapaz de realizar este voluntario gesto!. Sobre todo porque, para que yo pueda sentirme plenamente tranquila, ¡debo de darle descanso a mi mente al igual que le doy descanso a mi cuerpo!.

Mi entendimiento necesita de un merecido reposo, así que después de algunas horas de continuo trabajo ¡me paro antes de continuar con el quehacer siguiente!. Pero una pausa ¡de las mías!, ¡de las que a mí me gustan!, ¡de las que yo elijo!... En esos momentos de propio alivio, ¡soy incapaz de llamar de improviso a mi marido (aunque sea para recordarle lo mucho que le amo), soy incapaz de navegar fugazmente por internet (para este menester he reservado un determinado tiempo), ¡soy incapaz incluso de hojear por encima alguna revista de cotilleos! (más que nada porque suelo mantenerlas lejos de mi alcance). Para mí, ¡eso no es sinónimo de un absoluto relax!, sencillamente, si hiciese todas esas acciones que he puesto como ejemplo, estaría cambiando la incansable actividad de mi cabecita loca por otra actividad más deseable pero que, al fin y al cabo, es lo mismo que ¡un no parar con las insistentes cavilaciones!.

Sé que hay quienes consideran que hablar por teléfono, navegar por internet o leer una revista es para ellos placentero o relajante y ¡lo es!. ¡No estoy cuestionando este tema porque yo soy la primera que lo ejerzo!, pero ¡no lo llevo a cabo cuando deseo tomarme un descanso de ideas para dejar de “hacer” y sentirme más “ser”!.

Resumo lo dicho desde el principio:  ¡Me fascina la amplia diversidad que posee el ser humano!, incluso en lo más cotidiano. Pero hay momentos en los que sólo me apetece permanecer “sin cobertura”.

Un abrazo para tod@s y cada un@ de vosotr@s

Pétalo: Recapacitando sobre lo que acabo de escribir y sobre lo que tú me comentas, te aseguro que en ocasiones me gustaría que no me acompañasen ni mis propios pensamientos. (Por cierto, ¡bonito es todo lo que nos rodea!).
José Ramón: Pienso igual que tú, que en la soledad surgen los sentimientos más profundos de uno mismo. Lo único malo de esto ¿sabes lo qué es?...  que a veces nos da miedo mirar hacia nuestro interior por lo que podamos ver.
Lola: Mi entrañable bienvenida. Hoy he escrito que me agrada la disparidad en las personas (sería muy aburrido si todos fuésemos iguales ¿no?), pero es un sentimiento precioso sentir que hay corazones que latimos casi al mismo ritmo.
Lapislazuli: Sin comunicación todos estaríamos perdidos, es nuestro invisible lazo de unión. Lo único que considero al respecto es que para todo hay que tener cierta mesura; he conocido a personas que por acercarse a otras a través de internet ¡se han alejado sin remedio de quienes tenían más cerca!.
Ernesto: Yo también he encontrado en la red Amistad, Confianza y Respeto… que de una manera más real no se hubiese podido producir. ¿Me permites que te ponga a ti como ejemplo?.
Andylonso: ¡Me has ruborizado so joía!... ¡ays!. Las personas que me tienen frente a frente no sé cómo se sienten respecto a mí, deberíamos de preguntárselo a ellas. Lo que sí te confirmo es que con mis letras ¡me da menos pudor desnudarme!.
Trébol: Sé que para ti este medio es imprescindible para sentirte en compañía, para gritar a los cuatro vientos lo que llevas dentro, para compartir tu mundo con el resto del mundo. (¡Gracias a ti!).
Bravissima: ¡Qué maravillosa frase te ha regalado esa amiga!, encierra mucho más que las palabras “¡a cualquier hora del día o de la noche… estoy contigo!”. Primor, que sepas que yo permanezco, ¡lo sabes!, aunque sea de tarde en tarde.

03 febrero 2012

¿Soledad?... ¡¡¡Imposible!!!

Siempre que tecleo frente al ordenador, como es en esta caso presente, busco momentos de silenciosa soledad; prefiero escribir de esta aislada forma porque se me asemeja a una conversación de tú a tú. Una conversación en la que cualquier gesto dice mucho más que las palabras. Una conversación que elijo a mi manera, ¡eso sí! sabiendo de antemano que no me faltará alguien que sepa escucharme… (pese a que, ese mismo alguien y en ciertas ocasiones, soy tan sólo yo).

Sin embargo, es bonito comprobar que por mucho me empeñe en “aislarme” ¡no estoy sola!. Para mí por ejemplo, es inevitable que al poquito de encender este tecnológico aparato con el que me comunico con vosotros ¡realice el casi mecánico ademán de abrir mi cuenta de correo electrónico! (buzón que, por cierto, resta un poquito de ese calor humano que trasmiten las cartas manuales de papel. Otra época, otros métodos, ¡así es!).
Me produce alegría que siempre, (al otro lado de esta cristalina pantalla), haya una persona dispuesta a contarme cómo le van las cosas, o a hacerme reír compartiendo un gracioso power-point, o a invitarme a reflexionar remitiéndome a una página que hasta entonces yo desconocía… Considero que cualquier proceder de este tipo es simplemente bueno, porque con la sencilla intención de darle a la tecla para enviar ¡ya se me está diciendo a las claras!: “¡Hey!, a pesar de la distancia, que sepas que ¡me tienes contigo!”.

¡No!, ¡no estoy sola!... ¡no!, ¡no estamos solos!. Me fascina que el ser humano apueste por buscar, por encontrar, por considerar a personas que nos hagan sentirnos bien sin importarnos de qué proceder sea, en qué lugar se encuentre o de cuánto será la duración de tan agradable encuentro.
Yo valoro el afecto de fugaces instantes de quien me sonríe sin causa cuando nos encontramos por la calle, de quien cruza sus ojos con mi mirada transmitiéndome nobles sensaciones, de quien sin saber quién soy me regala porque sí esta efímera dulzura.
También valoro el aprecio de un intervalo breve de la dependienta que me vende con agrado una barra de pan, un kilo de manzanas y unos cuantos yogures. O del señor que se sienta a mi lado en la sala de espera del ambulatorio y, en esta obligada paciencia, nos ponemos a hablar de todo menos del tiempo. E incluso el de ese taxista que me cuenta entusiasmado, durante nuestro corto trayecto, la esperanzada historia de lo buen estudiante que le está resultando su afanoso hijo.

¿Cómo no voy a valorar además la estima de períodos más largos que he compartido en los desayunos de trabajo a los que solía acudir cuando mi propio trabajo me lo permitía?. Una estimación recíproca como la de los compañeros con los que he realizado algún curso para continuar incansablemente aprendiendo, o como la de las personas con las que ahora me cito en una confortable estancia para mejorar la salud de nuestros imperfectos cuerpos.
Para mí son importantes estas querencias que acabo de describir al igual que lo son aquellas con las que logro poquito a poco que se afiancen, con la poderosa fuerza del paso de los días y en las que puede ser tan profundo el querer que parecen haber estado conmigo desde siempre.

Tengo la bendita suerte de conservar en mi alma estos recuerdos de cariños compartidos que no me dejan hueco para la soledad. Sé que todos ellos son afectos diferentes, afectos que he sentido en distintas circunstancias y afectos surgidos en momentos de diversa duración… Pero también sé que no debe de invadirme la tristeza si pienso que a algunas de esas personas jamás las volveré a ver; es una repentina nostalgia que me surge hacia quienes mi apego me ofrece la extraña sensación de que permanece intacto aunque,  por supuesto, ¡me alegra a la vez cavilar que si esta misma nostalgia asoma así es porque formo y forman parte de unos imborrables momentos en los que, sencillamente, nos encontramos a gusto en una complaciente compañía que entonces consideramos mutua!.

… Sigo tecleando. En apariencia, en estos precisos instantes me encuentro a solas, cobijada entre la calidez de estas cuatro paredes y dando gracias por tener a quienes me acompañan por ratitos breves, cortos, largos… o, naturalmente, para toda la Vida. Es fascinante percibir en propia piel el indescriptible contacto del calor humano que deseo mantener.
Y, aunque los abrazos que comparto con vosotr@s pueden considerarse como “imaginarios”, me gusta dedicaros parte de mi tiempo como se lo dedico a quienes me rodean pudiéndoles rozar, achuchar, besar de una forma indiscutiblemente más palpable. Todo es cuestión de mesura, nada más que de mesura; el sentir puede ser el mismo a pesar de las distancias o a pesar de las ausencias ¡lo sé!, las caricias de unas sencillas palabras (escritas en un mensaje o dichas por un teléfono) también tocan hondamente  al corazón, pero nada es comparable con la inmensidad del trato que se experimenta teniéndose frente a frente ¿verdad?.

Concluyo que la soledad no existe para mí porque hay quienes me respetan, quienes me aceptan, quienes me aprecian. La soledad no existe para mí porque hay a quienes puedo recurrir si preciso ayuda; las mismas personas que no me dejarán de lado suceda lo que suceda, que sabrán hacer sacrificios para beneficiarme y que a cambio no me impondrá condiciones.
La soledad no existe para mí porque hay quienes comprenden mis rabietas, mis imperfecciones, mis secretos sin ofenderme a mis espaldas. Quienes me corrigen con delicadeza, quienes me dan más de lo que reciben, quienes tengo a mi lado para lo bueno sin envidias y para lo malo sin reparos dejándome en ambos aspectos mi propia libertad.

La soledad no existe para mí porque todo cuanto percibo intento que sea satisfactoriamente recíproco.
Sentirme “sola” incluso estando en estos instantes “a solas”, gracias que para mí es un estado elegido pero ¡¡¡imposible!!!... (Y, a ti, te sucede lo mismo).

Un abrazo  para tod@s y cada un@ de vosotr@s





María del Carmen: Hoy no te llamo “Gata Coqueta” porque es tu verdadera esencia la que siempre está presente por nuestros blogs. Invito a quien todavía no te conozca que te visite
Hechicera: ¡Bienvenida!. Considero que aquello que más nos cuesta conseguir es también lo que más gratificaciones nos entrega, pero ¡eso sí!, quedarse en el intento de decir y de no hacer ¡no sirve de nada!.
Andylonso: Si algún día, presa del stress, me pides consejo… ¡Te escucharé!, indudablemente que ¡te escucharé!. Aunque te recuerdo que dispongo de dos oídos y de una sola boca por alguna razón jajaja
Panteranegra: Te echaba de menos, ¡que lo sepas!. Tener un hombro donde poder llorar ya es en sí ¡¡¡un maravilloso consuelo para cuando requerimos algún tipo de consejo!!!. (Esa expresión de “zas en la boca” me da la sensación de que se nos ha contagiado del lenguaje adolescente ¿no crees?).