Si los niños aprenden desde pequeños, nosotros también podemos seguir aprendiendo cada día… Y yo tengo la bendita suerte de ser una aprendiz de estos grandes maestros. Ello son, directamente, mis héroes cotidianos de carne y hueso. Me he sorprendido a mí misma observando a mis alumnos como hacia mucho tiempo que no lo había hecho, valorando la tremenda capacidad que poseen para enfrentarse con algunas situaciones, comparando sus envidiables reacciones con las de cualquiera de nosotros… preguntándome irremediablemente ante sus acciones ¿quiénes son los adultos, ellos o los mayores?.
Los contemplo sentados en sus sillitas alrededor de la mesa, centrados mientras realizan un puzzle, mientras se pringan con pintura de dedos o mientras escuchan un cuento. Para ellos ¡sólo existe ese momento!, se encuentran tan inmersos en él que todo lo que les rodea ¡desaparece de inmediato!, absorben cada una de las experiencias como si fuesen irrepetibles: El puzzle, la pintura o el cuento ¡son lo que les interesa!... Nosotros, sin embargo, no somos capaces de un nivel tan alto de concentración ¿verdad?: Tú, durante los minutos que dedicas a leerme, puedes que estés recapacitando sobre esa tarea que aún tienes pendiente, sobre lo que necesitas comprar en la tienda de la esquina o sobre que mañana no debes dejar de telefonear a menganito. ¡Que conste que yo puede que piense más o menos lo mismo mientras os escribo!, pero como las cosas no se pueden realizar a medias prefiero que mi mente no se vaya por otros derroteros y dedicarme, en este presente, tan sólo a coverntit algunos pensamientos en letras para mi blog!.
Otro de los detalles que me fascina de los pequeños es su talento para maravillarse antes las cosas más sencillas… Un día de lluvia lo convierten en un festejo; no se conforman con ver las gotas resbalar por los cristales de la ventana, prefieren asomarse al patio y sentir la presencia del agua en sus dulces rostros. Que aparezca una mosca volando en clase, ¡se puede convertir en un divertido entretenimiento!; la siguen, la persiguen, la intentan atrapar y ¡todas estos infantiles actos van envueltas en profundas carcajadas con el consiguiente tormento hacia el pobre insecto!. Si uno de los niños aparece con unas conchas que ha recogido paseando por la playa, ¡este es el mayor de los tesoros conseguido!, custodiándolo con ese cuidado extremo que tan sólo sus minúsculas manos saben otorgar. (¡Es una pena que, en ocasiones, se nos vaya olvidando los milagros que nos regala la naturaleza mientras nos empeñamos en mantener los ojos cerrados hacia ella!, ¿verdad?).
Una de las experiencias que me producen mayor satisfacción con ellos, son esos días especiales en los que tenemos que preparar un regalo… Entonces ¡dejamos volar la imaginación de tal forma que un vaso de yogurt se puede convertir en un bonito macetero (aunque sean lentejas lo que haya plantado en él), o una pinza de la ropa en el más bello de los broches, o un pedazo de plastilina en la más valiosa de las esculturas!.
Cuando se acerca el cumpleaños de un compañero, durante los días previos preparamos con emoción su merecido homenaje. Buscamos momentos en los que ese niño o esa niña se sienta protagonista absoluto colgando su fotografía en un lugar destacado, decorando la clase con sus dibujos, pintando entre todos esa corona que lucirá con entusiasmo mientras sopla las velas… Y nosotros, los adultos, tenemos tantas cosas en la cabeza que o se nos olvidan algunas fechas señaladas o ¡salimos corriendo hacia una gran almacén para adquirir lo primero que sea, que pueda servirnos como grato obsequio y saliendo ¿cómo no? adecuadamente del paso!. (Ante esto, he de aclarar que personalmente soy “muy niña” en este sentido, porque tengo cierto complejo de Papá Noel).
Preferiría ser como ellos cuando, por ejemplo, no son capaces de tener rencores. Cuando sus mentes se recuperan de inmediato tras un problema. Cuando sus corazones ven más allá de las apariencias. Cuando son espontáneos sin tener que analizar las situaciones. Cuando ven las cosas pequeñas con cariño y las grandes con sorpresa. Cuando cantan a voz en grito sus canciones preferida. Cuando se visten de fantasmas, de villanos o de princesas, saliendo a la calle alegremente sin que sea Carnaval. Cuando sonríen, sonríen, sonríen. Cuando se caen, sienten dolor pero se vuelven a levantar, y a caer, y a levantar, y a caer, y a levantar… Cuando la tristeza les dura un segundo y la alegría les dura muchas horas. Cuando no necesitan apenas nada para cubrir sus necesidades, cuando no tienen prejuicios, cuando aceptan las circunstancias hasta que su intuición les dice lo contrario. Cuando no se dan por vencidos para alcanzar sus deseos (por mucho que nosotros tengamos que taparnos los oídos, más de una vez, para no escuchar sus tremendos berrinches mientras nos piden la pretensión de turno ¿a qué sí?)…
¡Así son los niños!. Pero si hay algo especial de esta extensa lista, que podría ser aún más dilatada que la expuesta, es cuando están agotados físicamente porque ¡caen rendidos en brazos de Morfeo al instante!, ¡me resulta envidiable!. Vuelven a no plantearse que el lugar no es el adecuado, que el momento no lo requiere o que tienen faenas aplazadas. Sencillamente ¡se duermen de inmediato porque el cansancio les vence!... Y nosotros, ¿qué hacemos nosotros los adultos? pues ¡nos repetimos hasta la saciedad que ya llegará el momento idóneo para tomarnos un merecido descanso, mal pensando que sin nuestro pleno funcionamiento el mundo se puede parar y alcanzando el pésimo límite de desgañitarnos con un “¡Ya no puedo más!”… ¿Es esto realmente razonable?, porque me temo que dejamos demasiado a menudo que nos confundan las “obligaciones”.
Tomando como referencia esta entrada de las enormes diferencias que mantenemos con la niñez, o cuestionándome mi profesionalidad como educadora por si transmito inconscientemente a mis alumnos mis “malas costumbres”… ¿Sabéis lo qué me he planteado en demasiadas ocasiones?... ¡el por qué desde que nacemos comenzamos a padecer porque se supone que no nos queda otra salida!.
¿Os acordáis cómo de niños nos apenábamos si un amiguito se enfadaba con nosotros, o si nos peleábamos con nuestros hermanos o si recibíamos una regañina de parte de nuestros maestros?... Esos desconsolados llantos ¡no podían evitar de ninguna forma que nos cayéramos al suelo mientras jugábamos en la calle, o que rompiésemos el jarrón de la abuela por nuestra torpeza o que le diéramos un bocado a esa vecina que nos acababa de quitar un juguete!... Y mientras nosotros nos bañábamos en el mar de esas lágrimas ¡nuestros padres también se angustiaban!, ya fuera por nuestro congojoso dolor en la salida del primer diente, ya fuese porque no comíamos, porque no estudiábamos, porque éramos demasiado traviesos, demasiado torpes o demasiado tímidos… El caso es que, generación tras generación, nos han enseñado a permanecer en un sin vivir.
¡Nosotros mismos somos los que insistimos en poner el mundo al revés!, en vez de intentar que desde niños podamos crecer mirando fijamente hacia el lado más amable de la vida, y en vez de mantener como adultos esa chispa de ilusión infantil que nunca jamás debería de desaparecer.
Puede que algunas de mis palabras os parezcan una utopía, pero si considero a mis pequeños héroes cotidianos como proyectos de vida, ¡hagamos entre todos que la vida sea un proyecto útil, aceptable, maravilloso para nosotros y para los demás!, ¿estáis de acuerdo?...
Elazne: Entrar en tu rincón es como pasar a una inmensa biblioteca repleta de sabiduría que nos espera con las puertas abiertas. No dejes de guardar tus recuerdos, pero los amargos que permanezcan escondidos en un rincón.Panteranegra: Me gusta lo que me dices: “… porque en el momento en el que ocurrieron esos hechos tú eras otra persona”. Inevitablemente, me veo reflejada en tus palabras. Cabeza erguida ¡siempre!, ¿entendido?.
Ion-Laos: Las bicicletas son para cuando se desee pedalear por los caminos de la vida, dando lo mismo que sintamos el frío del invierno o el calor del verano. Si se pincha una rueda, ¡nos detenemos y la arreglamos!, pero con el conocimiento de que por donde hemos pasado ¡no podremos volver a pasar de igual manera!.
Bravísima: Ojalá muchas de las mujeres que lleguen a tus años sean capaces de conservar la energía que tienes tú!. Yo prefiero centrarme en tu forma de ser, antes que comprobar los datos de tu carnet de identidad.
Geli: Si es envidia sana la que me tienes ¡la acepto!... Se aprende a pensar de otra forma, se aprende a sufrir menos, se aprende a olvidar el pasado, se aprende a ser más positiva, más fuerte o más feliz, pero con un absoluto convencimiento de que lo deseas así . No dejemos nunca de aprender.
Geja: Creo que has tomado mi escrito de diferente forma a como yo lo pretendía expresar. Agradezco emocionadamente que te preocuparas por mí, pero te aseguro que si hoy estoy bien, mañana estaré aún mejor, ¡llevo una larga temporada “sin sentirme mal”!… Por cierto, Jorge Bucay es uno de mis autores preferidos ¿conoces su último libro “El camino de Shimriti”?, sus cuentos sí que son cuentos para reflexionar ¿verdad?.
Esther Hhh: No sé si plasmar integro tu comentario porque ¡me parece maravilloso!, pero como los abuelos son muy sabios copio las palabras del tuyo: "lo que n'hi ha es lo que juga" (lo que hay es lo que se juega). No hay mayor verdad. (Y ¡gracias por “ponerte al día” conmigo!).
Lalunallena: Cuando llegas a descubrir cabalmente la raíz del significado de la palabra éxito, te das cuenta de que quiere decir “sigue adelante”… No sé quién es el autor de esta frase, pero ¿ a que nos otorga cierto ánimo el leerla?.
Melinda: Planear es seguir manteniendo las ilusiones, es seguir hacia delante, es estar dispuesta a recibir lo mejor de la vida con nuestras mejores galas puestas… Espero que ahora que eres madre, seas capaz de seguir manteniendo esa mirada de niña con la que te puede contagiar Victoria.
Mays: Te prometo que después de haber recorrido este camino ¡no me pienso salir ni un milímetro de él!. No porque tú me lo ordenes, ¡que lo sepas!, sino porque en estos instantes ¡me siento feliz!... Saboreo contigo esos momentos de felicidad, ya he aprendido a atraparlos, a disfrutarlos y a no dejarlos escapar, y que conste que esa energía positiva que me mandas ¡tiene parte de culpabilidad en esto!.
Un abrazo inmenso para todas y cada una de vosotras… al igual para quienes me leéis, pero consideráis que es preferible el silencio.








