Ayer, tuve el total descaro de tomarme la tarde “libre”. Debieron de ser mis ojeras las que me alentaron a acceder hacia este paréntesis sin excusas, pues reconozco que de lo dilatadas que las conservo ¡un día de estos me van a avisar sin remedio de que ya sienten lo demasiado frío que está este invernal suelo!.
De vez en cuando, ¡me merezco una voluntaria parada!. Me he dado cuenta de que nadie es imprescindible en este mundo nuestro, ni tampoco lo es en su trabajo, ni en su familia, ni en su personal entorno… Declaro con mi “atrevida” actitud que ¡no me gustaría que el inoportuno agotamiento fuese el que me obligase a detenerme! e indudablemente, en el caso de que la insistente fatiga me inmovilizara, ¡sería bajo la influencia de ser yo la que está agotando sus propios límites!. Es decir que, (para no superar mis topes), ¡ me he regalado un justo descanso!; un descanso de algunas horas ¡lo sé!, pero ¡es un descanso al fin y al cabo!. (¿No dice la sabiduría popular que “más vale prevenir que lamentar”).
No es que descanse insuficientemente ¡al contrario!, asiento que cumplo cada día con unas recomendables horas para conseguir un reparador sueño (sino, ¡no habría aguantado con los ojos abiertos hasta escribir esto!); aunque, ¡eso sí!, tengo el hábito de que por las noches ¡soy incapaz de irme a la cama nada más vestirme con un cómodo pijama!¿?. Antes debo de cumplir con un ritual bastante particular, ¡lo reconozco!, pues ¡ me gusta quedarme literalmente rendida en el sofá, acurrucada sobre unos cuantos cojines, tapadita hasta los ojos por una agradable manta!… Dormitando, simplemente, dormitando.
Si mi marido o mi hija, (¿cómo no?, contemplándome perplejos ante ese soñoliento estado que suelo protagonizar casi a diario), me preguntan: “Pero… ¿por qué no te vas a dormir directamente a la cama?”. Entonces mi respuesta es simple: “Porque yo no estoy durmiendo, ¡estoy descansando!”… Y es que ¡me sienta tan bien ser capaz de relajarme antes de marcharme inmediatamente a ese pleno abandono entre los brazos de Morfeo!.
Este sencillo gesto nocturno ¡me reconforta!. Descanso porque estoy disfrutando de un momento que para mí es placentero, de un momento en el que comienza a invadirme la calma, de un momento donde todavía ¡puedo prestar atención a todo cuanto me rodea!(los murmullos, los olores… ¡mi respiración!.). Es una dulce combinación de vigilia y de sueño, ¡nada más que eso!... Y, si no llevase a cabo este menester (pues creo que cualquier persona posee sus respectivas costumbres nocturnas, ¿no es este hecho cierto?), sé que tooodas las tensiones acumuladas durante la jornada ¡se esconderían pícaramente bajo la almohada al acecho de mi desvelo!.
También reconozco abiertamente que para que mis ojeras se alivien un poco más (y por la cariñosa recomendación de una amiga, a ella: ¡Gracias!) he probado a alargar mis horas de modorra mañanera para darle un poquito más de margen a mi descanso; ¿cómo? pues ¡intentando levantarme más tarde de la cama los sábados, los domingos o los festivos!… Pero, aunque he puesto bastante empeño en ello, ha resultado ¡¡¡una misión imposible de finalizar con resultados positivos!!!, aún menos cuando soy una madrugadora nata por naturaleza (este simple dato, ¡debo de añadirlo!) . O, mejor dicho, soy una madrugadora nata porque mis obligaciones, a lo largo de los años, me han acostumbrado a que sea de esta forma tan tempranera.
Es decir, que todas las mañanas, (salvo en esporádicas excepciones) mis ojos se abren alrededor del amanecer; independientemente de que me haya acostado de madrugada en la noche anterior, de que mi cuerpo aún no se haya recuperado lo suficiente o de que mis ganas por continuar plácidamente abrazada a la almohada (o a mi amado, ¡todo hay que decirlo!) se empeñen en asomar.
Entonces, si no me encuentro todo lo bien que deseo en esos precisos instantes porque no he descansado lo suficiente, ¡sé que es la puñetera ansiedad la que me grita al oído para despertarme!: “¡Hey!, rapidito, ¡fuera de las sabanas ipso facto! que ¡tienes por delante un día bastante largo y muchísimas cosas por hacer!”. Si, por el contrario, me encuentro en perfectas condiciones (físicas y mentales) porque he dormido a pierna suelta, ¡es la bendita Alegría la que me impulsa a poner los pies en el suelo sin demora!: “¡Oye!, ¿a qué esperas?, ¡el sol está comenzando a lucir!, ¡tienes que ver lo bonito que está el cielo!, seguro que te apetece salir a dar un grato paseo ”... De esta forma, como he dicho, ¡me resulta inútil permanecer más tiempo (del por mí “establecido”) acostada sobre mi mullido catre!. Pero lo que se dice descansar, ¡descansar!, prometo que ¡¡¡descanso!!!.
Ahora, con absoluta sinceridad, aseguro que el origen de esta entrada no ha sido describir risueñamente mis prácticas para un merecido descanso diario, más bien pretendo expresar de algún modo que ¡me siento contenta por haberme tomado libre la tarde de ayer!. Independientemente del agotamiento físico que conlleva este vertiginoso ritmo de Vida que “nos han impuesto”, ¡me siento satisfecha de haber parado porque deseé que así fuese en ese preciso instante!.
Recuerdo que antes era de esas personas que solían replicar bastante a menudo: “cuando acabe con esto, me tranquilizo y reposo un ratito”… y, lógicamente, ese ansiado sosiego tardaba demasiado tiempo en presentarse porque yo esperaba finalizar tooodas las tareas pendientes no recapacitando sobre que, (si insisto), ¡¡¡ siempre puedo encontrar muchísimas más cosas por hacer!!!.
No me importan las horas que en las que yo me regalo una tregua, muchas o pocas, ¡me da igual cuántas sean si yo me siento bien con estos propios recreos!. Me gusta ser yo la que decida cuándo bajar la velocidad a mis días, cuándo dedicarme a no hacer nada, cuándo poder libremente¡¡¡descansar!!!. Dormitando, simplemente, dormitando.
Despertando un abrazo para tod@s y para cada un@ de vosotr@s

P.D. Menchu, Maria del Carmen ¡gracias en particular por vuestros comentarios!










